lunes, 29 de junio de 2009
viernes, 19 de junio de 2009
Presentación del libro
Algunas imágenes de la presentación del libro.





Y estas fueron las palabras que me salieron decir.





Y estas fueron las palabras que me salieron decir.
A falta de realitys con personas que escriben, los productores de tv no nos deben creer rentables, siento esta presentación como mis cinco minutos de fama. No es broma, esta tarde, acá, delante de ustedes estoy perdiendo una especie de virginidad, estoy pasando de ser un inédito a un édito. Mi agradecimiento por esto a los organizadores del Premio Ciudad de Rosario y, principalmente, a la subjetividad del jurado, Sergio Bizzio, Adriana Astutti y Esteban Lopez Brusa, que encontraron premiable a mi pintor de delirios. Gracias. La verdad es que, más que el vértigo ante el micrófono y el silencio y las miradas de ustedes, sólo se me ocurre pagar de palabra mis deudas. Agradecer a todos los que voluntaria o involuntariamente, y de diversas formas, me ayudan a escribir; leen mis cuentitos y después me los marcan o me los discuten o inflan mi vanidad con elogios desmedidos. Sí, el agradecimiento es para mis padres, para Sharon, para mis hijos y para mis amigos lectores y no lectores que siempre aportan algún comentario, estimulante o no tanto. En cuanto a este, mi primer libro, deseo reconocer mi deuda con Nora Avaro, que me guió y asesoró en el pulido de los textos, y con Enzo Nuñez autor de la ilustración de la tapa del Pintor que, hasta ahora, es la parte de la obra que ha sido más aclamada. Espero que el contenido sea digno de ella. Podría provechar estos minutos de fama para despacharme con una sesuda reflexión sobre la literatura, o el oficio del escritor o contarles qué pasa en mi cabeza cuando, por ahí, de pronto, me vienen ganas de contar un cuento. También sería oportuno intercalar algunas ideas sobre el rol del escritor en la sociedad, y hasta podría mientras poner cara de intelectual, les juro que lo intenté, delante del espejo, y no me sale… pero me gusta escribir ficciones y que sean autónomas, que no me necesiten a mí para explicarse, para vivir, para llegar a buen puerto. Entonces sería una buena estrategia de marketing leerles el principio de un cuento, o un fragmento cualquiera. Hay varios que tienen descripciones de alto contenido erótico, los recomiendo. En fin, podría aprovechar mejor mis cinco minutos de fama pero, bueno, los gasto en propuestas. Mi mayor satisfacción quedará, si es posible, para aquel instante secreto en que alguno de ustedes se encuentre con el libro, elija uno de los relatos y se sienta atraído, a gusto, con Petersen, con Lev Tanchevsky el pintor de delirios, con el Intendente de la Carga o con las chicas que cumplen sueños en la mansión de Sibil Vane; y en la lectura se deje arrastrar por esa ficción que propongo, hasta el final, y la disfrute o la odie, y siga siendo el mismo que empezó a leer el cuento pero, sin saberlo, me haya regalado los verdaderos cinco minutos de fama que son, para los que escribimos, encontrar, entre tanto reality, televisión y esquizofrenia, a un lector que nos lea. Esos cinco minutos o más que no voy a presenciar, que no voy a conocer, justifican las hojas borroneadas, el tiempo dedicado, los mates lavados y el haber pensado durante horas si quitaba del medio o no a ese adjetivo que se tambaleaba. A esos lectores, y no esperen que les regale el libro, por anticipado, mi agradecimiento.
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miércoles, 10 de junio de 2009
El pintor de delirios
Esa es la invitación a la ceremonia de presentación.Y esta es la tapa de mi ansiado libro.

Esta es la historia y algunos comentarios sobre el libro.
El pintor surge como una reunión los cuentos largos que escribí durante el 2006 y el 2007. Mi dilecto es (o era, no me pongo de acuerdo) “La pierna y el juego” y él tendría que haberle puesto el nombre al libro.
No pudo.
La atinada sugerencia de Nora Avaro me convenció de elegir otro, y el ganador fue el Pintor de delirios.
Bueno o malo, el nombre está y espero que le dure. Otro de mis críticos, mi amigo Diego, hubiera apostado por “La mansión de Sybil Vane”, un cuento que no puede defraudar al paladar (o las pupilas) masculino/as.
De la mano del pintor, como su cortejo rengo –ellos son los cuentitos breves-, viajan “Terminal” (Premio ASDE 2004), “Peón 4 Rey”, fábula de ajedrecistas, y “Curtius J. Santos, Oscar al mejor actor de reparto”, un relato en clave policial que juega también con el cine.
Dejé para lo último a “La carga”. Es el más nuevito. Mis lectores de Letras, Paula Poenitz y Damián Sarro, me lo calificaron de conradiano y onettiano, respectivamente. No creo que “La carga” pueda colgarse chapas tan pesadas… serían una carga para él.
Como sea, tengo la suerte de que, gracias a la Editorial Municipal de Rosario y a la subjetividad del jurado del Premio Ciudad de Rosario, algunos de mis relatos pasen de la pantalla y la hoja A4, al canónico formato del libro. Bueno, ahí está “El pintor de delirios”, lindo, gordito, orgulloso de su tapa con fondo negro.
Rompo sobre él una botella de champán y le deseo “bon voyage”.
No pudo.
La atinada sugerencia de Nora Avaro me convenció de elegir otro, y el ganador fue el Pintor de delirios.
Bueno o malo, el nombre está y espero que le dure. Otro de mis críticos, mi amigo Diego, hubiera apostado por “La mansión de Sybil Vane”, un cuento que no puede defraudar al paladar (o las pupilas) masculino/as.
De la mano del pintor, como su cortejo rengo –ellos son los cuentitos breves-, viajan “Terminal” (Premio ASDE 2004), “Peón 4 Rey”, fábula de ajedrecistas, y “Curtius J. Santos, Oscar al mejor actor de reparto”, un relato en clave policial que juega también con el cine.
Dejé para lo último a “La carga”. Es el más nuevito. Mis lectores de Letras, Paula Poenitz y Damián Sarro, me lo calificaron de conradiano y onettiano, respectivamente. No creo que “La carga” pueda colgarse chapas tan pesadas… serían una carga para él.
Como sea, tengo la suerte de que, gracias a la Editorial Municipal de Rosario y a la subjetividad del jurado del Premio Ciudad de Rosario, algunos de mis relatos pasen de la pantalla y la hoja A4, al canónico formato del libro. Bueno, ahí está “El pintor de delirios”, lindo, gordito, orgulloso de su tapa con fondo negro.
Rompo sobre él una botella de champán y le deseo “bon voyage”.
viernes, 5 de junio de 2009
Levon y sus cuentos
Algunas cuentos de la saga del personaje Levon.
Levon y las depresiones - Get more Business Documents
Levon y las ganas - Get more Business Documents
Levon se siente solo - Get more Business Documents
Levon y las depresiones - Get more Business Documents
Levon y las ganas - Get more Business Documents
Levon se siente solo - Get more Business Documents
miércoles, 10 de enero de 2007
Lêvon y las protestas pacíficas
Un lunes por la mañana, Lêvon no quiso levantarse.
El despertador llevaba más de media hora emitiendo su fatal pitido mientras él, con total indi-ferencia, continuaba retozando plácidamente entre las mugrientas sábanas. Alertada por las que-jas de los vecinos del Viena, Betty, la portera, tomó cartas en el asunto y se constituyó en la pieza del mentado, a los efectos de informarse sobre los motivos que justificaban la presencia del ruido molesto que interrumpía el descanso de los respetables huéspedes. Tras aplicar una consistente dosis de golpes y patadas en la puerta, Lêvon respondió a la intimación con una sonora flatulen-cia y, seguidamente, accedió a silenciar el reloj con la única condición de que no se le solicitara ningún otro esfuerzo o colaboración. Fiel a su rol de ama de llaves, encargada, doméstica y protectora del bienestar de los albergados, Betty inquirió si sucedía algo, si una postración momentánea retenía al ilustre inquilino en sus aposentos, impidiéndole abandonar su estancia para abocarse a sus cotidianas tareas.
-El estado del mundo me da asco, che...-, respondió ahogándose con un bostezo, -no me rompas las circunferencias y hasta que las cosas no se arreglen; no me jodan-.
Alarmada por dicha contestación, Betty se presentó en mi habitación para comunicarme el parte de novedades matutino que incluía, por supuesto, entre otras cuestiones triviales, la indeclinable decisión que abrigaba Lêvon y solicitó, cordialmente, mi intervención como mediador en el asunto. Al ser interrogada sobre las causas que el citado presentaba, Betty me obsequió un soberano en-cogimiento de hombros que le infundió un aspecto de simpático paquidermo.
-No sé, no le entendí bien...-, se explayó solícita, -algo de que no lo jodan porque le dan asco las circunferencias, creo...-.
Sin comprender del todo lo que acaecía a mi entrañable amigo, tomé un frugal desayuno en mi cuarto y me dirigí hasta las dependencias de Lêvon, con el libro rojo de Mao y una antigua edición del Upa bajo el brazo, por si debía practicarle un exorcismo. Sin anunciarme, entré y, luego de atravesar la espesa vegetación de botellas vacías, cajas de cartón llenas de revistas pornográficas de los años setenta, una lámpara rota, un karting a pedal descompuesto, una enredadera de pe-lusas, una maceta, una pizarra, algo de ropa sucia entre otros enseres que suelen estar desperdi-gados en cualquier hogar; me senté en el borde del catre que ocupaba Lêvon. Consultado sobre el particular, se limitó a explicarme su disconformidad con el mundo.
-Pero bueno, hermano...-, dije, -¿y pensás que de esta forma se va a solucionar?-.
-No...-, se sinceró, -pero no vas a lograr que reniegue de mis convicciones...-.
Percibiendo que no lograríamos alcanzar un acuerdo, le ofrecí mi colaboración para lo que pudiera serle útil, tras lo cuál requirió que convocara a los medios de comunicación.
-Por supuesto...- añadió, -voy a transmitirle a todos los hombres de bien mi mensaje.
Los periódicos y los canales de noticias, tan ávidos de excentricidades y más en época estival, cuando la noticia es un bien muy preciado, de inmediato, enviaron noteros y móviles para cubrir en vivo la simple rebeldía que encarnaba Lêvon, echado en su cama, sin dar la menor señal de heroísmo ni de estar padeciendo para expiar los pecados de la humanidad.
Convencido de que toda determinación es más digna cuando involucra móviles nobles y tiende al mejoramiento de la sociedad, Lêvon declaró ante los micrófonos y las cámaras que no abandona-ría el lecho hasta tanto los líderes mundiales no cesarán con la proliferación de armas nucleares, con las escaladas militares en los países del tercer mundo, con el hambre y las enfermedades epidémicas que, a nuestro parecer, se producen en los laboratorios de las grandes empresas productoras de medicamentos. En la segunda entrevista concedida a los medios, Lêvon fue más cauto y, previamente se abocó, desde su lecho, a la confección de un extenso manifiesto en el cuál incluía, además de los pedidos ya enumerados, una lista de nuevas demandas entre las que figuraban, sin ánimo de hacer aquí una síntesis exhaustiva, la protección de las ballenas y los bosques, la disminución de las emanaciones tóxicas, el respeto a los derechos de la mujer, junto con un emotivo poema escrito en versos alejandrinos titulado: “el pingüino empetrolado”
Los imitadores, que nunca faltan y más aún cuando se trata de acciones tan loables y esforzadas, comenzaron a florecer en los distintos barrios porteños y en otros puntos del país. Crónica TV se dedicó a cubrir ampliamente el fenómeno, enviando a sus camarógrafos de un lugar a otro, de un precario conventillo en San Telmo a una casona en un country privado en San Isidro, registrando las declaraciones del sinfín de hombres y mujeres que iban incorporándose al movimiento.
-Hasta que el mundo no mejore, no me levanto-, decían algunos formales.
-No soy cómplice del salvajismo... me quedo en la cama hasta el paroxismo...-, indicaban otros de ánimos rimadores.
-Arriba, abajo... hoy no hago un carajo...-, cantaban las bandas de enardecidos prosélitos.
Organizaciones no Gubernamentales, grupos ecologistas, asambleas barriales y los empleados del estado entendieron de inmediato la esencia de la protesta que impulsaba Lêvon, cual Ghandi postmoderno, y no tuvieron reparos en seguir sus postulados. Entre estos, hubo ciertos visiona-rios que instalaron camas en las peatonales para recolectar firmas y opiniones en favor del mani-fiesto lêvoniano, conformándose así, un compendio de nuevas visiones y de nombres de embrio-narios cabecillas que propulsaban diferentes estrategias de intervención y modificaciones a la praxis revolucionaria que representaba nuestro amigo.
En Santiago del Estero la adhesión fue casi unánime y, en Buenos Aires, los piqueteros comen-zaron a cortar las rutas en bolsas de dormir y hasta en camas de dos plazas que trasladaban has-ta el punto elegido, ya en la Panamericana, ya en el ingreso a la Autopista, para emplazarlas allí de forma conveniente y, a veces, hasta formando, con la disposición de las mismas, originales consignas contra la reducción de los planes asistencialistas del Gobierno.
La magnitud de los adeptos a la causa llevó a que el tema se tratara en la Cumbre de las Améri-cas y hasta en una sesión de las Naciones Unidas. Por supuesto que, entre discursos, apelaciones y propuestas burdas, el asunto terminó abarcando más de diez mil fojas sin que se llegara a una resolución plausible. Pero lo bueno, lo verdaderamente interesante era que la protesta trascendía hasta alcanzar a las más encumbradas esferas del poder político a nivel continental e internacio-nal. Y hasta nuestro presidente, siempre tan dispuesto a hacer payasadas que rompan con el protocolo, dio un discurso a favor de Fidel Castro y en contra del FMI, recostado en una cama de utilería que los escenógrafos de la compañía de Pepito Cibrián habían diseñado para tal ocasión.
Mientras tanto, Lêvon disfrutaba la fugacidad del éxito. Jaurías de ávidos periodistas montaban guardia en la puerta del Hotel Viena y un grupo de selectos consejeros atendíamos y acompañá-bamos al líder, intentando conseguir que la responsabilidad que abnegadamente cargaba le resul-tara más amena. Cartas de todos los rincones del planeta llegaban a la habitación de Lêvon: desde efusivas esquelas de apoyo y extensos ensayos refutando la modalidad escogida, hasta la tierna consulta sentimental de una adolescente que preguntaba si debía acceder a las carnales demandas de su mocoso noviecito. Por aquellos días, los diarios y la televisión sólo hablaban de los secuestros extorsivos y del boom de la “rebelión encamada”, tal como habían dado en llamarla los imaginativos popes de la comunicación que triunfan en nuestra patria.
Como era previsible, los resultados eran magros hasta la vergüenza. Ningún país había iniciado un desarme masivo y los barcos seguían derramando petróleo y desechos tóxicos en el mar, igno-rando la disconformidad de los miembros de la pacífica resistencia. En un violento contraataque de las fuerzas del status quo, las empresas empezaron a cesantear a los empleados sediciosos y el gobierno anunció que aplicaría “mano dura”. A guisa de ejemplo, por cadena nacional, se trans-mitieron filmaciones sobre policías de las fuerzas especiales que iban casa por casa arrancando de la cama a los rebeldes y, tras aplicarles unas educativas y correctivas palizas, los conducían hasta sus oficinas y negocios para reestablecerlos en sus ocupaciones habituales. Estos videos fueron altamente pedagógicos y persuasivos, pero más por el natural desgaste que sufren los movimientos revolucionarios, el aburrimiento y la falta de colchones adecuados, el número de disidentes fue incrementándose paulatinamente hasta que sólo se registraron focos aislados, en su mayoría ubicados en geriátricos y en hospitales.
Sumemos a esto el hecho de que los líderes se degeneran y, si de degenerarse se trata, Lêvon nunca pierde su primer puesto en la pole position. Hastiado ya de la pegajosa inactividad, había instalado en su cama, como compañera y primera dama de la protesta, a la Pendeja Infernal y, di-gamos, con un eufemismo, que el espíritu de las reivindicaciones iba diluyéndose en la lujuria y la procacidad que la primera dama y él cultivaban. Durante esos frecuentes intervalos, los asesores de Lêvon, resignados, debimos conformarnos con pulular por los pasillos del Viena, mirar la tele-visión y esperar a que nos convocara para dictarnos, con un puchito en la boca y la Pendeja entre sus brazos, lo que debíamos decir ante las cámaras.
Para terminar de lapidar a este fenómeno, la prensa ignoró las noticias que diariamente se brin-daban desde el cuartel de Lêvon, y trasladó a sus periodistas al Congreso para cubrir un hecho más interesante y trascendente: la aparición de un escorpión de diez centímetros de largo que, escondido entre los escaños, ponía en peligro la vida de nuestros sacrificados legisladores. Al fin, comprendimos que habíamos fracasado. Poco me costó convencerlo de que se levantara. Sin llan-tos ni quejas, me reconoció que tanta fiaca lo había dejado maltrecho y que no valía la pena con-tinuar sin la complicidad de los medios. Tanto como para complacerme, Lêvon aceptó un paseíto por Rivadavia, unas cervezas en Corrientes y una nerónica fideada al pesto en lo de Pippo, rodea-do de sus principales lugartenientes.
Al término de la jornada, nos despedimos, y Lêvon anunció que se iría a acostar. Los presentes, desencajados, no pudimos ocultarles nuestra sorpresa:
-Tranquilos muchachos...-, dijo al fin, -pero no me levanten hasta que no haya terminado de reflexionar sobre los motivos que hicieron fracasar la revolución...
El despertador llevaba más de media hora emitiendo su fatal pitido mientras él, con total indi-ferencia, continuaba retozando plácidamente entre las mugrientas sábanas. Alertada por las que-jas de los vecinos del Viena, Betty, la portera, tomó cartas en el asunto y se constituyó en la pieza del mentado, a los efectos de informarse sobre los motivos que justificaban la presencia del ruido molesto que interrumpía el descanso de los respetables huéspedes. Tras aplicar una consistente dosis de golpes y patadas en la puerta, Lêvon respondió a la intimación con una sonora flatulen-cia y, seguidamente, accedió a silenciar el reloj con la única condición de que no se le solicitara ningún otro esfuerzo o colaboración. Fiel a su rol de ama de llaves, encargada, doméstica y protectora del bienestar de los albergados, Betty inquirió si sucedía algo, si una postración momentánea retenía al ilustre inquilino en sus aposentos, impidiéndole abandonar su estancia para abocarse a sus cotidianas tareas.
-El estado del mundo me da asco, che...-, respondió ahogándose con un bostezo, -no me rompas las circunferencias y hasta que las cosas no se arreglen; no me jodan-.
Alarmada por dicha contestación, Betty se presentó en mi habitación para comunicarme el parte de novedades matutino que incluía, por supuesto, entre otras cuestiones triviales, la indeclinable decisión que abrigaba Lêvon y solicitó, cordialmente, mi intervención como mediador en el asunto. Al ser interrogada sobre las causas que el citado presentaba, Betty me obsequió un soberano en-cogimiento de hombros que le infundió un aspecto de simpático paquidermo.
-No sé, no le entendí bien...-, se explayó solícita, -algo de que no lo jodan porque le dan asco las circunferencias, creo...-.
Sin comprender del todo lo que acaecía a mi entrañable amigo, tomé un frugal desayuno en mi cuarto y me dirigí hasta las dependencias de Lêvon, con el libro rojo de Mao y una antigua edición del Upa bajo el brazo, por si debía practicarle un exorcismo. Sin anunciarme, entré y, luego de atravesar la espesa vegetación de botellas vacías, cajas de cartón llenas de revistas pornográficas de los años setenta, una lámpara rota, un karting a pedal descompuesto, una enredadera de pe-lusas, una maceta, una pizarra, algo de ropa sucia entre otros enseres que suelen estar desperdi-gados en cualquier hogar; me senté en el borde del catre que ocupaba Lêvon. Consultado sobre el particular, se limitó a explicarme su disconformidad con el mundo.
-Pero bueno, hermano...-, dije, -¿y pensás que de esta forma se va a solucionar?-.
-No...-, se sinceró, -pero no vas a lograr que reniegue de mis convicciones...-.
Percibiendo que no lograríamos alcanzar un acuerdo, le ofrecí mi colaboración para lo que pudiera serle útil, tras lo cuál requirió que convocara a los medios de comunicación.
-Por supuesto...- añadió, -voy a transmitirle a todos los hombres de bien mi mensaje.
Los periódicos y los canales de noticias, tan ávidos de excentricidades y más en época estival, cuando la noticia es un bien muy preciado, de inmediato, enviaron noteros y móviles para cubrir en vivo la simple rebeldía que encarnaba Lêvon, echado en su cama, sin dar la menor señal de heroísmo ni de estar padeciendo para expiar los pecados de la humanidad.
Convencido de que toda determinación es más digna cuando involucra móviles nobles y tiende al mejoramiento de la sociedad, Lêvon declaró ante los micrófonos y las cámaras que no abandona-ría el lecho hasta tanto los líderes mundiales no cesarán con la proliferación de armas nucleares, con las escaladas militares en los países del tercer mundo, con el hambre y las enfermedades epidémicas que, a nuestro parecer, se producen en los laboratorios de las grandes empresas productoras de medicamentos. En la segunda entrevista concedida a los medios, Lêvon fue más cauto y, previamente se abocó, desde su lecho, a la confección de un extenso manifiesto en el cuál incluía, además de los pedidos ya enumerados, una lista de nuevas demandas entre las que figuraban, sin ánimo de hacer aquí una síntesis exhaustiva, la protección de las ballenas y los bosques, la disminución de las emanaciones tóxicas, el respeto a los derechos de la mujer, junto con un emotivo poema escrito en versos alejandrinos titulado: “el pingüino empetrolado”
Los imitadores, que nunca faltan y más aún cuando se trata de acciones tan loables y esforzadas, comenzaron a florecer en los distintos barrios porteños y en otros puntos del país. Crónica TV se dedicó a cubrir ampliamente el fenómeno, enviando a sus camarógrafos de un lugar a otro, de un precario conventillo en San Telmo a una casona en un country privado en San Isidro, registrando las declaraciones del sinfín de hombres y mujeres que iban incorporándose al movimiento.
-Hasta que el mundo no mejore, no me levanto-, decían algunos formales.
-No soy cómplice del salvajismo... me quedo en la cama hasta el paroxismo...-, indicaban otros de ánimos rimadores.
-Arriba, abajo... hoy no hago un carajo...-, cantaban las bandas de enardecidos prosélitos.
Organizaciones no Gubernamentales, grupos ecologistas, asambleas barriales y los empleados del estado entendieron de inmediato la esencia de la protesta que impulsaba Lêvon, cual Ghandi postmoderno, y no tuvieron reparos en seguir sus postulados. Entre estos, hubo ciertos visiona-rios que instalaron camas en las peatonales para recolectar firmas y opiniones en favor del mani-fiesto lêvoniano, conformándose así, un compendio de nuevas visiones y de nombres de embrio-narios cabecillas que propulsaban diferentes estrategias de intervención y modificaciones a la praxis revolucionaria que representaba nuestro amigo.
En Santiago del Estero la adhesión fue casi unánime y, en Buenos Aires, los piqueteros comen-zaron a cortar las rutas en bolsas de dormir y hasta en camas de dos plazas que trasladaban has-ta el punto elegido, ya en la Panamericana, ya en el ingreso a la Autopista, para emplazarlas allí de forma conveniente y, a veces, hasta formando, con la disposición de las mismas, originales consignas contra la reducción de los planes asistencialistas del Gobierno.
La magnitud de los adeptos a la causa llevó a que el tema se tratara en la Cumbre de las Améri-cas y hasta en una sesión de las Naciones Unidas. Por supuesto que, entre discursos, apelaciones y propuestas burdas, el asunto terminó abarcando más de diez mil fojas sin que se llegara a una resolución plausible. Pero lo bueno, lo verdaderamente interesante era que la protesta trascendía hasta alcanzar a las más encumbradas esferas del poder político a nivel continental e internacio-nal. Y hasta nuestro presidente, siempre tan dispuesto a hacer payasadas que rompan con el protocolo, dio un discurso a favor de Fidel Castro y en contra del FMI, recostado en una cama de utilería que los escenógrafos de la compañía de Pepito Cibrián habían diseñado para tal ocasión.
Mientras tanto, Lêvon disfrutaba la fugacidad del éxito. Jaurías de ávidos periodistas montaban guardia en la puerta del Hotel Viena y un grupo de selectos consejeros atendíamos y acompañá-bamos al líder, intentando conseguir que la responsabilidad que abnegadamente cargaba le resul-tara más amena. Cartas de todos los rincones del planeta llegaban a la habitación de Lêvon: desde efusivas esquelas de apoyo y extensos ensayos refutando la modalidad escogida, hasta la tierna consulta sentimental de una adolescente que preguntaba si debía acceder a las carnales demandas de su mocoso noviecito. Por aquellos días, los diarios y la televisión sólo hablaban de los secuestros extorsivos y del boom de la “rebelión encamada”, tal como habían dado en llamarla los imaginativos popes de la comunicación que triunfan en nuestra patria.
Como era previsible, los resultados eran magros hasta la vergüenza. Ningún país había iniciado un desarme masivo y los barcos seguían derramando petróleo y desechos tóxicos en el mar, igno-rando la disconformidad de los miembros de la pacífica resistencia. En un violento contraataque de las fuerzas del status quo, las empresas empezaron a cesantear a los empleados sediciosos y el gobierno anunció que aplicaría “mano dura”. A guisa de ejemplo, por cadena nacional, se trans-mitieron filmaciones sobre policías de las fuerzas especiales que iban casa por casa arrancando de la cama a los rebeldes y, tras aplicarles unas educativas y correctivas palizas, los conducían hasta sus oficinas y negocios para reestablecerlos en sus ocupaciones habituales. Estos videos fueron altamente pedagógicos y persuasivos, pero más por el natural desgaste que sufren los movimientos revolucionarios, el aburrimiento y la falta de colchones adecuados, el número de disidentes fue incrementándose paulatinamente hasta que sólo se registraron focos aislados, en su mayoría ubicados en geriátricos y en hospitales.
Sumemos a esto el hecho de que los líderes se degeneran y, si de degenerarse se trata, Lêvon nunca pierde su primer puesto en la pole position. Hastiado ya de la pegajosa inactividad, había instalado en su cama, como compañera y primera dama de la protesta, a la Pendeja Infernal y, di-gamos, con un eufemismo, que el espíritu de las reivindicaciones iba diluyéndose en la lujuria y la procacidad que la primera dama y él cultivaban. Durante esos frecuentes intervalos, los asesores de Lêvon, resignados, debimos conformarnos con pulular por los pasillos del Viena, mirar la tele-visión y esperar a que nos convocara para dictarnos, con un puchito en la boca y la Pendeja entre sus brazos, lo que debíamos decir ante las cámaras.
Para terminar de lapidar a este fenómeno, la prensa ignoró las noticias que diariamente se brin-daban desde el cuartel de Lêvon, y trasladó a sus periodistas al Congreso para cubrir un hecho más interesante y trascendente: la aparición de un escorpión de diez centímetros de largo que, escondido entre los escaños, ponía en peligro la vida de nuestros sacrificados legisladores. Al fin, comprendimos que habíamos fracasado. Poco me costó convencerlo de que se levantara. Sin llan-tos ni quejas, me reconoció que tanta fiaca lo había dejado maltrecho y que no valía la pena con-tinuar sin la complicidad de los medios. Tanto como para complacerme, Lêvon aceptó un paseíto por Rivadavia, unas cervezas en Corrientes y una nerónica fideada al pesto en lo de Pippo, rodea-do de sus principales lugartenientes.
Al término de la jornada, nos despedimos, y Lêvon anunció que se iría a acostar. Los presentes, desencajados, no pudimos ocultarles nuestra sorpresa:
-Tranquilos muchachos...-, dijo al fin, -pero no me levanten hasta que no haya terminado de reflexionar sobre los motivos que hicieron fracasar la revolución...
Levon
Medidas efectivas
Por su parte, los Países más Grandes y Poderosos, se pavoneaban con numerosas y elegantes comitivas compuestas por Doctores, Magisters, Investigadores laureados y otros tantos edecanes, secretarios políglotos y jóvenes asesores. Apabullado ante dicha ostentación de cuantía y boato, Rodríguez se lamentó por la escasa consideración que les refregaban a quienes el Nuevo Orden Mundial había mantenido en el antiguo desorden. Se flagelaba mentalmente con esa idea cuando un expositor, del que sólo alcanzó a escuchar la mención de su país de origen y el extenso listado de sus cargos y funciones en el Gobierno, comenzó a disertar. Qué malditos son, se decía el Profesor Rodríguez, marginarnos así, a nosotros, a los delegados del tercer mundo.
Así, una y otra vez, sin prestar atención a la conferencia, el representante de la Isla seguía empañando su tropical sonrisa de mulato mientras se imaginaba que, cuando fuera el turno de organizar una Cumbre en su tierra, él, personalmente, se encargaría de sentar a los europeos y a los yankis en el último rincón húmedo y caluroso de la Sala Magna de la Cámara de Representantes. Para incrementar el desprecio, los mandaría a dormir a los hoteles de prostitutas y les enviaría de almuerzo las raciones alimentarias que el gobierno reparte entre los indigentes que son, para qué negarlo, el ochenta por ciento de los nativos de la Isla. Tejiendo esas vengativas cavilaciones, se sorprendió al percibir que todas las cabezas de los presentes habían girado sobre sus cuellos para observarlo. Rápidamente, el Profesor Anastasio Rodríguez se incorporó en su butaca, se atusó el bigote y se fijó las gafas. Todo seguía igual: los representantes de todo el mundo, desaprobadoramente, lo miraban. Alarmado ante una reacción tan anómala, intentó comprender lo que, en críptico inglés, expresaba el orador. Lo sobrecogió decodificar que el catedrático estaba culpando a la política ambiental de su país de los últimos huracanes que habían afectado la costa este de Estados Unidos y al Caribe. Además, señalaba, esa republiqueta anárquica y premoderna no controla la emisión de agentes tóxicos, de gases de efecto invernadero, ni emplea sustancias permitidas en las industrias químicas. Y, agregaba el conferencista, según los últimos estudios, en la refinación de petróleo, está generando una polución igual a la de…
Era intolerable. El Profesor Rodríguez, indignado, se puso de pie exigiendo airado la palabra. Como su nombre no estaba en la lista de oradores, con cordialidad, se la negaron. Creyendo que era factible resolver la confusión, comenzó a dialogar con sus colegas de las naciones pobres, intentando convencerlos de que en sus tierras no había industrias petroquímicas, ni petróleo, ni siquiera muchos autos y estaciones de servicio. Además, sólo recolectaban maíz y caña de azúcar, sí, y había un pequeño puerto que proveía a la población con la magra pesca de la zona. Un poco de cacao, café, algunas vacas… pero, ¿desarrollo?, ¿industrias químicas?, ¿refinerías?. No, no… era un error del que hablaba. Rodríguez se agotaba en ejercicios persuasivos mientras el expositor presentaba las imágenes, obtenidas recientemente por el satélite “Republican I”, de lo que, suponían, era la central nuclear de la Isla. Al profesor Anastasio Rodríguez se le desprendieron las gafas y las mandíbulas. ¿Una central nuclear en su Isla?. Pero si casi no tenían luz eléctrica… si eran un pueblo de marginados… seis millones de hijos de esclavos y aborígenes, una colonia históricamente sometida, acosada y cíclicamente saqueada por sus reservas de agua dulce, por la belleza de sus playas, por el potencial de sus yacimientos auríferos.
La Comisión Investigadora Nombrada Para Tales Fines, que continuaba en el programa, hizo su presentación aportando los resultados de sus investigaciones. El disertante anterior, sentado a un costado del escenario, afirmaba con un gesto “¡qué terrible!” cada declaración que la Comisión Investigadora Nombrada Para Tales Fines enunciaba. Era evidente: la Isla era la responsable exclusiva del catastrófico daño que se le causaba al medio ambiente. ¡Estaban destruyendo el planeta!. El delegado de un reino africano pidió sanciones. El representante de un país invadido por las fuerzas de paz exigió que se tomaran drásticas y ejemplificadoras medidas. El Presidente de la Cumbre, ante el frenesí y el descontento unánime, propuso una votación. El profesor Rodríguez no sabía dónde esconderse. En una babel de idiomas le llovían epítetos, insultos y agresiones descalificantes. La conformidad fue rotunda y se pasó a un cuarto intermedio para luego realizar la votación.
Temiendo por su integridad, Rodríguez se quedó en su butaca y, por el miedo, se orinó encima. Dos horas después, el Presidente anunció que habían sido aprobadas las sanciones contra la Isla, obligándola a cumplir todas las medidas que adoptara la Cumbre, por ciento sesenta votos a favor y dos abstenciones. Una de las abstenciones, debe decirse, fue la del Profesor Rodríguez.
Esa misma noche, Rodríguez llamó al Ministro. Le avisó que, por seguridad, se quedaría en dónde estaba porque temía lo peor para su país. El Ministro le dijo que no le entendía. Y Rodríguez, todavía intimidado y tembloroso, se despachó: tendrían que haberme avisado que estábamos desarrollando un sofisticado programa nuclear, que nuestras petroleras están contaminando el océano y que la polución de nuestras industrias está destruyendo la capa de ozono y produciendo qué sé yo cuántos desastres climáticos. Del otro lado de la línea, el Ministro se reía, festejaba con liberalidad las ocurrencias de Rodríguez.
Dos semanas después, ante la terquedad y la falta de respuestas por parte de la Isla, el portaviones Kennedy y el Kitty Hawk, escoltados por veintiséis barcos de guerra y otros tantos submarinos, ponían proa rumbo a la sediciosa ínsula para obligarla a doblegarse frente a los humanitarios mandatos de la VIII Cumbre Mundial del Cuidado y la Protección del Medio Ambiente. El Presidente de uno de los Países más Grandes y Poderosos apareció en los canales de televisión anunciando la determinación moral que había tomado su Gobierno, de común acuerdo con los demás Gobiernos democráticos de la tierra. Iban a aplastar a la Isla, iban a darle una inolvidable lección porque la humanidad aspiraba a la paz, a tener un planeta sano y estaban hartos de la contaminación que la Isla producía. Luego agregaba que, así, el mundo sería un mejor lugar para vivir.
Por varios días, occidente se sobrecogió frente a las imágenes, ante los informes que los corresponsales enviaban desde la zona de conflicto. Verdaderamente, era indignante comprobar la negligencia y el desinterés con el que aquellos salvajes se dedicaban a cometer estragos en el planeta. Las cadenas que más ahondaban en el tema, hasta obtuvieron filmaciones de los irracionales discursos del presidente de la Isla, de su inquebrantable decisión de continuar depredando los recursos naturales y contaminando sin ningún reparo. También mostraron los campos de entrenamiento de los ejércitos de la Isla que, para sorpresa de muchos, se parecían notablemente a los que, años atrás, el periodismo había atribuido a la guerrilla talibán. Esos simples detalles pasaron desapercibidos al gran público que, como es sabido, tiene poca selectividad y escaso poder para retener y asociar imágenes. En medio de esa conmoción, y tras negarse a devolver las llamadas de auxilio que el Ministro dejaba en la recepción del hotel, el Profesor Anastasio Rodríguez logró obtener asilo político en el país organizador de la VIII Cumbre.
Bombardeado por las noticias de la invasión a la Isla y tras leer la siempre equilibrada opinión de Le Monde, el Profesor Rodríguez se sintió feliz de comprobar que las cumbres ecológicas, contrariando las creencias vulgares, sirven para dar solución a los verdaderos problemas ambientales.
Levon
lunes, 7 de agosto de 2006
Juego de palabras
Luego de recibir el honor de ser invitado a cenar en la casa de sus futuros suegros, el joven Rafael, ignoto artista de dudoso porvenir, solicitó en calidad de préstamo un saco de vistosa calidad a un amigo, dependiente de la tienda masculina “Lord Anastasio”. Luciendo con elegancia el atuendo, diez minutos antes de las nueve, se constituyó en el domicilio particular de su preciosa novia, la señorita María del Luján Álvarez del Castillo. Un ligero sudor humedecía las palmas de sus manos a pesar de que el servicio meteorológico había informado que, en la noche, la temperatura rondaría los dos grados celcius. María del Luján, lujosamente ataviada con un vestido de noche, bajó a abrirle.
Tras un rápido beso, le informó que estaba nerviosa y que confiaba en que él se comportaría conforme a las exigencias de las circunstancias. El joven Rafael, secándose la transpiración de las palmas con un pañuelo de batista, respondió afirmativamente y se dejó conducir. Recordando las indicaciones que integraron el adoctrinamiento previo, saludó al Doctor Álvarez del Castillo inclinando la cabeza y no apretó ni sacudió la diestra de la respetable Señora.
Ya apoltronados en la sala, el joven Rafael se privó de realizar comentarios sobre el meticuloso mal gusto en la decoración que exhibían sus anfitriones. Inquirido sobre sus proyecciones para el futuro, se encargó de responder con impiadosas mentiras que se granjearon la satisfacción y los “oh” aprobatorios del cordial matrimonio. De allí, luego de recibir la indicación del personal del servicio doméstico, pasaron al comedor. Más distendidos, la conversación versó sobre los méritos obtenidos a la largo de su labor profesional por el Doctor Álvarez del Castillo. La participación del joven Rafael se redujo a siete movimientos de cabeza aprobatorios y tres adjetivos calificativos: “increíble”, “excelente” y “espectacular”, repetidos en diversas oportunidades con un orden aleatorio.
A pesar de que el hambre le hacía gemir las tripas, casi no probó bocado: el color y el aroma de los alimentos presentados no le resultaban confiables e, internamente, temía ser envenenado. Ni bien pudo esconder una hogaza de pan en la camisa, solicitó que lo dispensaran, que debía pasar al excusado. Alentándolo por el excelente trabajo que estaba haciendo, María del Luján, mientras le mostraba el camino hacia el baño, se dejó tocar los senos y permitió al joven Rafael introducir su diestra por debajo del vestido. Un poco excitada, rechazó el ofrecimiento de hacer “uno cortito” a pesar de las bromistas insistencias del joven Rafael.
De regreso del toilette, con los postres ya servidos, la Señora se hizo cargo del monólogo exponiendo no solicitados detalles de sus labores de caridad y ayuda a desvalidos. Más osado y encendido por el vino, que aunque le pareció berreta y desabrido empezaba a hacerle estragos, el convidado se atrevió a participar con largos parlamentos elogiosos y encendidas manifestaciones de admiración por la generosidad de las Damas Solidarias.
Al oír las campanadas de las doce, se alegró pensando que el final de la ficción estaba próximo. Sin embargo, para cultivar la familiaridad y la sana distracción entre los comensales, el Doctor propuso regresar a la sala y, bebiendo algún licor, jugar unas manos a la canasta. Conciente de su compulsión al juego y a las apuestas que lo arrastraban a perder sus magros ahorros y sus instrumentos de trabajo en cuanto juego con naipes se ha inventado, el joven Rafael se disculpó por no conocer las reglas. Inocente, María del Luján se atrevió a sugerir realizar una partida de Scrabble.
La fatalidad fue la culpable. Ni bien tomó las primeras siete fichas, recibió servida la palabra “sadismo”. Sin contenerse, la escribió sumando 34 puntos. Usando la S, la Señora formó “seria”, acreditándose nada más que 6 unidades. El Doctor se anotó 12 puntos con “formal” y ella, su novia, escribió “para” logrando una mísera puntuación. Alentado por su superioridad, ya desenvuelta desde la ronda inaugural, el joven Rafael tomó nuevamente siete fichas. El azar lo favorecía y, ni bien ordenó las letras en su soporte, descubrió que le había llegado cocinadita la palabra “fornica” que con la erre de “para” formaba el infinitivo “fornicar”. Sonriente, la acomodó en el tablero sonriéndoles gozoso a sus boquiabiertos contendientes. "Doble punto palabra y triplico el valor de la “n”, son… veintiocho puntos", festejó exultante el joven Rafael mientras su abochornada novia hacía la cuenta en el tanteador.
Así, bendecido por la fortuna, se dio el lujo de colocar las palabras “vagina”, “succión”, “cuernos”, “perverso” y “orgasmo”, acompañando cada una de sus participaciones con una susurrada presentación de la palabra que formaba. “Lo más rico de su hija es…”, “a ella le gusta mi reiterada…”, “la Señora le pone los…” y así sucesivamente, teniendo la seguridad de que sus comentarios no eran oídos aunque quizás, con un poco de imaginación, inferidos.
El resultado final dejó al joven Rafael como ganador con doscientos veintidós puntos. Le seguía el Doctor, visiblemente irritado, con ciento sesenta puntos. Educado y radiante, el invitado ofreció darles la revancha pero, alegando que era tarde, sus ex suegros le dispensaron de la molestia, invitándolo a retirarse. Muy cortés, el Doctor Álvarez del Castillo lo escoltó hasta la salida.
Al saco, lo regresó el lunes a la tienda de su benefactor, olvidando en un bolsillo interno dos bombones de licor que había guardado para disfrutar en otra ocasión. María del Luján no volvió a responder a sus llamados y el joven Rafael conservó durante varias semanas la sensación de que aquél rechazo tácito se debía a su falta de comprensión acerca de las reglas de etiqueta. Por supuesto, estaba convencido de que en aquella primera visita, se tendría que haber dejado ganar.
Levon
jueves, 3 de agosto de 2006
Declaración de principios y finales
La consecución del éxito torna en mendicidad hasta al acto más grandioso.
Desde nuestra posición (umana hasta el hartazgo) reconocemos en la existencia el complejo e inconmensurable entrecruce de factores que tornan a la planificación, a ordenamiento y a la racionalidad al absurdo más elocuente.
No podemos vencer: ni al tiempo, ni al espacio, ni a las circunstancias.
Títeres del azar, somos los monigotes que descabeza el destino sin demorarse en la contemplación de nuestros burdos intereses.
La su(o)ciedad nos enseña: a tener objetivos, a forjarnos un futuro, a integrarnos en ella, a ocupar posiciones como sujetos constituidos por una cultura (hegemónica).
Sumisos y rastreros, asentimos ante este imperativo, esperanzados en que alcanzaremos una felicidad que ya está estandarizada (y que es un fenómeno histórico, además).
Recalcitrantes y amargos, los miembros del Movimiento Iniciativa y Fracaso (MIF) asumimos:
- Nuestra tibia e inércica adhesión a los modelos de vida imperantes en la sociedad.
- La modelización de esta "realidad" y la obediencia a sus mandatos.
- Nuestro rol, mal que nos pese, en este burdo sistema de producción capitalista.
- El derecho a la libre expresión de nuestras ideas no originales.
- La libertad de patalear cuando no nos gusta el caramelo que nos dieron.
- La esclavitud disimulada (o no) como único estratagema para la reproducción del desorden imperante.
Y, a pesar de todo esto, como piquete en los ojos de las fuerzas que nos dominan, proclamamos nuestra reverencialidad absoluta por el absurdo, fuente inagotable de rebeldía estúpida e improductiva que sólo nos ayuda a arrojarnos en la más patética de todas las decepciones. Aún así, y en el pleno empleo de todas nuestras libertades toleradas, desafiamos a todos los espejos a no devolvernos nuestra cara; a la gravedad, para que viole sus tajantes leyes; al mercado, para que no intente seducirnos; al dinero, para que no se nos muestre abstracto; y a los dioses, concebidos e imaginados, para que nos ayuden a gozar este recreo vital en el que sólo cabe la risa amarga de quien después de hacer una picardía sufre la tortura de que le retuerzan las bolas.
Tante grazie e bon apetite
Desde nuestra posición (umana hasta el hartazgo) reconocemos en la existencia el complejo e inconmensurable entrecruce de factores que tornan a la planificación, a ordenamiento y a la racionalidad al absurdo más elocuente.
No podemos vencer: ni al tiempo, ni al espacio, ni a las circunstancias.
Títeres del azar, somos los monigotes que descabeza el destino sin demorarse en la contemplación de nuestros burdos intereses.
La su(o)ciedad nos enseña: a tener objetivos, a forjarnos un futuro, a integrarnos en ella, a ocupar posiciones como sujetos constituidos por una cultura (hegemónica).
Sumisos y rastreros, asentimos ante este imperativo, esperanzados en que alcanzaremos una felicidad que ya está estandarizada (y que es un fenómeno histórico, además).
Recalcitrantes y amargos, los miembros del Movimiento Iniciativa y Fracaso (MIF) asumimos:
- Nuestra tibia e inércica adhesión a los modelos de vida imperantes en la sociedad.
- La modelización de esta "realidad" y la obediencia a sus mandatos.
- Nuestro rol, mal que nos pese, en este burdo sistema de producción capitalista.
- El derecho a la libre expresión de nuestras ideas no originales.
- La libertad de patalear cuando no nos gusta el caramelo que nos dieron.
- La esclavitud disimulada (o no) como único estratagema para la reproducción del desorden imperante.
Y, a pesar de todo esto, como piquete en los ojos de las fuerzas que nos dominan, proclamamos nuestra reverencialidad absoluta por el absurdo, fuente inagotable de rebeldía estúpida e improductiva que sólo nos ayuda a arrojarnos en la más patética de todas las decepciones. Aún así, y en el pleno empleo de todas nuestras libertades toleradas, desafiamos a todos los espejos a no devolvernos nuestra cara; a la gravedad, para que viole sus tajantes leyes; al mercado, para que no intente seducirnos; al dinero, para que no se nos muestre abstracto; y a los dioses, concebidos e imaginados, para que nos ayuden a gozar este recreo vital en el que sólo cabe la risa amarga de quien después de hacer una picardía sufre la tortura de que le retuerzan las bolas.
Tante grazie e bon apetite
Levon
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