domingo, 15 de mayo de 2011

Volver

Volver atrás, como poniendo en hora un reloj que no traiciona y regresar, otra vez, a las calles que fueron nuestras y ya no son: ni calles, ni nuestras, principalmente. Y decir, sin nostalgia, sin naftalina ni coronas de claveles, ahí supo haber un hotel donde una mujer…; en esa esquina me vendieron licor tres plumas y ves, aquella casa en ruinas no tenía rejas en las ventanas: señal de que ahora está habitada por pájaros. Volver, sencillamente y por un rato, porque no se reniega del presente, ni del ingrato ni del afable, presente, sino porque el arcón conserva, el tesoro de lo perdido, del perdido, y el ejercicio de volver no es dar la espalda a este presente, a este vaso con cuatro cepillos y dos dentífricos, a esta tibia resignación que llaman experiencia. Volver, al cabo, por el placer de la anáfora; no para cambiar la métrica o la rima si no para abrirme a los renglones vacíos y sacarme, como si fueran culpas, un par de versos menos. Y en ese choque estéril del pie contra el asfalto, tener la esperanza temblorosa de que se deja una huella.

Volver nomás para saber un poco menos del poco escaso de mi arqueo reciente. Y sentir, virginal e ingenuo, que mi luna no es de Leopardi, que mi río no es de Saer y de Juanele.