viernes, 11 de marzo de 2011

Volar en juego, una lectura de "Avión de sopa"

Afirmar que “Avión de sopa”, de Martín Donatti, es un manifiesto generacional sería exagerar la letra impresa, darle al fragmentario friso de la narración una entidad que no ostenta. Pero también sería erróneo reducir estas páginas a una simple biografía, a la de un grupo de jóvenes que tratan de fundar una experiencia de resistencia original y revolucionaria. En un inexacto medio, en un forzado centro, “Avión de sopa” es otro testimonio de la incapacidad para torcer o hacer estallar desde dentro a un sistema opresor y denigrante, a una sociedad que promueve, desde y con sus instituciones, la disconformidad y la marginación; un orden injusto con víctimas y excluidos. También así podríamos equivocarnos al asumir como única una de las tantas lecturas que el texto habilita y acepta.
Dividido en tres capítulos, el Avión resulta una suerte de tríptico, el recorrido de un personaje colectivo –el grupo De los 7- que pasa del contorno al desafío para acabar en la esperada decepción, en la disolución del conjunto y en la repetición sin fe de un credo que se reduce a ser el santo y seña de los vencidos: “urea y un celular”. Porque el enemigo a derrotar sigue firme, en pie, intacto, sobrevive a los años: el Sr. Inc. y sus pares, y secuaces e instituciones. Los garcas, podría denominarlos haciendo eco al tono de Donatti; los que joden a los demás pero nadie consigue tocarles el culo, aunque a veces se sienta que sí, que se está cerca, que se les gana “uno a cero”. El citado fracaso de la revolución política y simbólica (de) De los 7, falla entonces desde su planteo, desde su absoluta imposibilidad. Y éste, a mi entender, es un problema “nuestro”, de los que nacimos entrados los setenta y después: podemos jugar a cambiar el mundo, a ser rebeldes, sólo sabiendo de antemano que no saldremos de lo lúdico, que no estamos dispuestos a dejarnos matar por utopías. Sin embargo, la muerte -así como el amor a una diosa-mujer, a la idealizada y profana Claudia-, también tiene su pasaje en el Avión. Un muerto (de) por la policía. Un muerto injusto, innecesario. Un muerto que aunque el grupo recuerde y reivindique como propio, como de “nuestras” filas, en la enunciación de la memoria se agota el gesto, la búsqueda de recuperar el equilibrio. “Todos somos Clemente” refuerza la pertenencia del ausente pero la acción no prosigue: ninguno va a inmolarse por una causa perdida, por una justicia que es ajena o no existe.
Y es en ese clima de injusticia –junto a otras formas de la disconformidad social- que puede identificarse el tiempo del relato: el ocaso de los noventa y los comienzos del nuevo siglo. El resto del marco se completa con la geografía venadense que se atraviesa en el nombre de sus calles, bares, edificios y territorios conflictivos y en conflicto. Venado Tuerto, “la ciudad que se hunde”, el “interior” próspero que reproduce todas las miserias urbanas sin ni un verso de bucólica poesía.
Lo que se salva, entonces, son los amigos. Y como todo canto a la amistad, la mezquindad o la cobardía de los “nuestros” está libre de juicio. Los amigos, Jeanfran, el adelantado, Franskafka, son y están y van hasta donde pueden: se embriagan, okupan, hacen música, agitan, y sus defecciones, cuando llegan, no son objeto de condenas. El valor de “ser amigo”, de pertenecer al grupo, trasciende a los actos, los anula porque en el texto de Donatti –como para su “nuestra” generación- la amistad es el principio y la columna, el lei motiv del relato de un narrador que le cuenta a sus amigos, a los suyos, pedazos de la historia compartida, conocida, que los unifica.

La lógica de la reseña es el recorte y, como sucede con los abordajes parciales, es mucho lo que excluyo de estas líneas. La proximidad, el vivenciar como familiar un texto, por otra parte, aumenta las concesiones habituales pero permite, y esto es una ventaja iniciática, decodificar –aunque sea erróneamente- la metáfora del título. El avión de sopa es un juego para niños y sólo vuela para entretenernos o distraernos mientras nos tragamos algo que, aunque pueda nutrirnos, nos desagrada visceralmente. La realidad de los noventa (y después) fue el estigma de “nuestra” adolescencia y primera juventud, el mal al que nos opusimos quizá sin estrategia ni fuerza… fue la sopa que tuvimos que tragarnos, “nuestra” sopa.